Una excursión a los indios Ranqueles

Una excursión a los indios Ranqueles

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Mariano Rosas no aceptaba ninguna invitación, decía estar enfermo, y parecía estarlo.

Atendía a todos, haciendo llenar las botellas cuando se agotaban; amonestaba a unos, despedía a otros cuando me incomodaban mucho con sus impertinencias; me pedía disculpas a cada paso; en dos palabras, hacia, a su modo, y según los usos de su tierra, perfectamente bien los honores de su casa.

Epumer no había simpatizado conmigo, y a medida que se iba caldeando, sus pullas iban siendo más directas y agudas.

Mariano Rosas lo había notado, y se interponía constantemente entre su hermano y yo, terciando en la conversación.

Yo le buscaba la vuelta al indio y no podía encontrársela.

A todo lo hallaba taimado y reacio.

Llegó a contestarme con tanta grosería que Mariano tuvo que pedirme lo disculpara, haciéndome notar el estado de su cabeza.

Y sin embargo, a cada paso me decía:

—Coronel Mansilla, ¡yapaí!

—Epumer, ¡yapaí! —le contestaba yo.

Y llenábamos con vino de Mendoza los cuernos y los apurábamos.


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