Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles “Me desmonté.
“El nicho tenÃa una puertita.
“Hacia mucho viento.
“Fui a abrirla antes de haber armado el cigarro y se me ocurrió que si se apagaba la luz, no lo podrÃa encender.
“La dejé cerrada hasta armar bien.
“Acabé de hacerlo, abrà la puerta y teniendo el caballo de la rienda con una mano y empinándome porque el nicho estaba en una peña alta, encendÃa el cigarro con la derecha cuando, zas, tras, me pegaron un bofetón.
“Solté la rienda, el caballo con el ruido se espantó y disparó; yo creà que era el alma del difunto, que no querÃa que encendiera el cigarro en su vela; me helé de miedo y eché a correr asustado, sin saber lo que me pasaba, sin ocurrÃrseme de pronto que no era un bofetón lo que habÃa recibido, sino un portazo dado por el viento.
“CorrÃa despavorido y habÃa enderezado mal. En lugar de correr para mi casa, que quedaba en las orillas, corrÃa para el pueblo. La noche estaba como boca de lobo. Se me figuraba que me corrÃan de atrás y de adelante. De todos lados oÃa ruido; nunca me he asustado más fiero, mi Coronel.