Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles “DÃa a dÃa me visitaba, pidiéndome que no me afligiera, diciéndome que la Virgen no nos habÃa de abandonar en la desgracia, que ella tenÃa experiencia y que más de una vez habÃa visto milagros.
“Yo no estaba afligido sino por ella.
“QuerÃa disimular. ¡Pero qué! era muy ducha y me lo conocÃa.
“Usted sabe, mi Coronel, que los hijos por muy ladinos que sean no engañan a los padres, sobre todo a la madre.
“Vea si yo pude engañar a mi vieja cuando entré en amores con la Dolores.
“¡Qué habÃa de poder!
“En cuanto empezó la cosa me lo conoció, y me mandó que me fuera con la música a otra parte.
“Bien me arrepiento de no haber seguido su consejo.
“La Dolores no hubiera padecido tanto como padeció por mÃ.
“Pero los hijos no seguimos nunca la opinión de nuestros padres.
“Siempre creemos que sabemos más que ellos.
“Al fin nos arrepentimos.
«Pero entonces ya es tarde».
—Nunca es tarde cuando la dicha es buena —le interrumpÃ.
Suspiró y me contestó: