Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Estando los campos cubiertos de agua, es más necesario que nunca seguir rectamente la dirección de la rastrillada; porque reblandecida la tierra por la humedad, el peligro del guadal es inminente a cada paso.
Cuando salimos de Sarmiento habÃa llovido mucho. A una media legua de allà el terreno tiene un doblez y se cae a una cañada muy guadalosa; asà fue que allà hice alto, me despedà y separé de los camaradas que me acompañaban, y después de algunas prevenciones generales a los que me seguÃan, tomé la dirección llevando el baqueano a mi izquierda, yendo él por una huella, por otra yo.
¡Con qué pena se despidieron de mà mis leales compañeros! Yo lo leà en sus caras, por más que con afables sonrisas y afectuosos apretones de manos, quisieran disimularlo.
¡Ah!, sólo los que somos soldados, sabemos lo que es ver partir a los amigos al peligro en que se cae o se muere, y quedarnos… ¡Y sólo los que somos soldados, sabemos lo que es ver volver del combate, sanos e ilesos, a los hermanos cuya suerte no hemos compartido ese dÃa!
Hay tales misterios en el corazón humano; abismos tan profundos, de amor, de abnegación, de generosidad, que la palabra no conseguirá jamás explicarlos.