Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Hice que mi asistente se bañara, y mientras él tiritaba de frÃo, dando diente con diente, por la falta de costumbre de zambullirse en el agua con el alba, yo me paseaba a largos trancos por la blanda arena, provocando la reacción. Se produjo, monté a caballo y tomé el camino de los toldos.
De regreso vi mucha gente, y una gran polvareda cerca de la orilla del monte. CorrÃan dentro de un corral. Cambié de dirección y fui a ver que hacÃan.
HabÃan enlazado una vaca gorda y se disponÃan a carnearla.
Mariano Rosas estaba allÃ, fresco como una lechuga: Se habÃa bañado primero que yo. Nadie que no estuviera en el secreto habrÃa sospechado la noche que habÃa pasado. Los estragos hechos en su cuerpo por el aguardiente se descubrÃan, sin embargo, en la depresión de los párpados inferiores, cuyo tinte era violáceo.
En el instante de acercarme al corral, revoleaba el lazo para echar un piale. Lo recogió, y viniendo a mà con el mayor cariño y cortesÃa, me estiró la mano y me dio los buenos dÃas, preguntándome cómo habÃa pasado la noche, que si no me habÃa incomodado.
Estuve tan galante y afectuoso como él.
—Esa vaca gorda es para usted, hermano —me dijo.