Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles —Llévale eso al comandante Racedo, y a las doce estás de vuelta. Son diez leguas. No tienes por que apurarte. No me vayas a sobar el pingo.
No contestó. Se cuadró militarmente, hizo la venia, dio media vuelta y salió.
Apagué la luz y me quedé dormido. Me habÃa acostumbrado muy tarde. Esa noche habÃa estado en un baile.
DormÃa profundamente, sentà pisadas cerca de mi cama, me desperté, abrà los ojos, miré: Rufino Pereira estaba allÃ, de vuelta, alargándome la mano con una carta.
La tomé, rompà la nema y leÃ.
Racedo me decÃa: «Entregó todo a las nueve y media y regresa».
Desde ese dÃa seguà tratando a Rufino con la mayor confianza y el gaucho me sirvió en todo honradamente, hasta en cosas reservadas.
Nuestros campos están llenos de Rufinos Pereira.
La raza de este ser desheredado que se llama gaucho, digan lo que quieran, es excelente, y como blanda cera, puede ser modelada para el bien; pero falta, triste es decirlo, la protección generosa, el cariño y la benevolencia. El hombre suele ser hijo del rigor, pero inclinado naturalmente al mal, hay que contrariar sus tendencias, despertando en él ideas nobles y elevadas, convenciéndonos de que más se nace con miel que con hiel.