Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles «A mÃ, que no me anden con vueltas éstos, porque yo los conozco bien, y al que le acomode una puñalada se la ha de ir a curar al otro mundo».
Después que examiné detenidamente aquel tipo de férrea estructura, en el que los caracteres semÃticos de la persistencia estaban estampados, le dirigà la palabra, sacándole del silencio indeliberado en que habÃa caÃdo.
—¿Cómo te hallas aqu� —le pregunté.
Habla con mucha vivacidad, pero esta vez, contra su costumbre habitual, en lugar de contestarme, dio un suspiro, y se envolvió en las nieblas de sus recuerdos dolorosos.
—Vamos, hombre —le dije—, cuéntame tu vida.
—Señor —me contestó—. Mi vida es corta y no tiene nada de particular. No soy mal hombre pero he sido muy desgraciado.
“Yo soy de San Luis, de allá por Renca; mis padres han sido gente honrada y de posibles. Me querÃan mucho y me dieron buena educación.
“Sé leer y escribir, y también sé cuentas. Desde chiquito era medio soberbio. Cuando me hice hombrecito, se me figuraba que nadie podÃa ser más que yo. Cuando oÃa decir que habÃa un gaucho guapo, lo buscaba a ver si me decÃa algo.