Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles —Hable despacio, señor, mire que ése que está ahà nos escucha.
¿Quién era?
Unas veces, un cristiano sucio y rotoso, que andaba por allà haciéndose el distraÃdo; otras, un indio pobre, insignificante al parecer, que acurrucado se calentaba al sol, y a quien yo le habÃa dirigido la palabra sin obtener una contestación, no obstante que comprendÃa y hablaba bien el castellano.
De esta práctica odiosa nacen mil chismes e intriguillas, que mantienen a todos peleados, fraternizando ostensiblemente, y odiándose cordialmente en realidad.
Mediante ella, Mariano sabe cuanto pasa a su alrededor y lejos de él.
Esas numerosas visitas que recibe cotidianamente, muchas de las cuales vienen juntas del mismo toldo y lugar, son sus agentes secretos; espÃan a los demás y se espÃan entre sÃ.
El cristiano o el indio más cuitado en apariencia, es su confidente, conoce sus secretos.
De ahà venÃan en parte la influencia, los fueros y el favor de que disfrutaba el negro del acordeón. No en vano experimentaba yo hacia él una repulsión instintiva.
Refrescadas las cabalgaduras siguió la marcha.