Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Terminado su servicio, le llamé, y recordándole que tres dÃas antes me habÃa pedido una licencia, le pregunté si ya no la querÃa.
Su contestación fue callarse y ponerse rojo de vergüenza.
—¿Por cuántos dÃas quiere usted licencia, cabo?
—Por dos dÃas, mi comandante.
—Está bien; vaya usted, y pasado mañana, al toque de asamblea, está usted aquÃ.
—Está bien, mi comandante.
Y esto diciendo, saludó respetuosamente, y más tarde se puso en marcha para Itapirú, y a los dos dÃas, cuando tocaban asamblea, la alegre asamblea, el cabo Gómez entraba en el reducto, de regreso de visitar a su hermana, bastante picado de aguardiente, cargado de tortas, queso y cigarros que no tardó en repartir con sus hermanos de armas.
Yo también tuve mi parte, tocándome un excelente queso de Goya, que me mandaba su hermana, a quien no conocÃa.
¡En el mundo no hay nada más bueno, más puro, más generoso que un soldado!
El tiempo siguió corriendo.
Marchamos de los campos de Tuyutà a los de Curuzú para dar el famoso asalto de CurupaitÃ.