Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Mudamos, y estando a medio camino de Quenque, y siendo temprano, seguí la marcha por entre el bosque, tardando como una hora en salir de él.
Caímos a un bajo, cruzamos un salitral y avistamos al mismo tiempo, en las cuchillas de unos médanos lejanos, unos polvos que venían hacia nosotros.
Poco tardamos en encontrarnos.
Era gente de Baigorrita que salía a recibirme.
Hicimos alto, destacamos nuestros respectivos parlamentarios, cambiamos muchas razones, y formando un solo grupo nos lanzamos al gran golpe.
Otros polvos que se alzaron en la misma dirección de los anteriores anunciaron que Baigorrita venía ya:
Yo no podía olvidar que conmigo iban los franciscanos y que me había comprometido a que volvieran a su convento sanos y salvos. Veía por momentos el instante en que daban una rodada y se rompía el bautismo. Recogí la rienda a mi caballo, acorté el galope y seguimos al trote.
Baigorrita se acercaba como con unos cincuenta jinetes. Estábamos a la altura de la casa del capitanejo Caniupán, amigo ranquelino, que había conocido en la frontera; indio manso y caballero, de los pocos que no piden cuanto sus ojos ven.