Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles A cada rato sorprendía yo en mi ropa algún animalito imprudente que, hambriento, buscaba sangre que chupar. Para un soldado esto no es novedad. Los tomaba y con todo disimulo los pulverizaba.
Tuvimos una conferencia larga y pesada. Mi compadre me presentó a sus principales capitanejos y a varios indios viejos, importantes por la experiencia de sus consejos.
Les regalé sobre tablas algunas bagatelas. A mi compadre le di mi revólver de seis tiros, unas camisas de Crimea, calzoncillos y medias. A mi ahijado, dos cóndores de oro.
Los franciscanos y mis ayudantes hicieron también sus regalitos. La recepción había sido tan sencilla y cordial que, todos habían simpatizado con aquella indiada.
Después que los saludos y presentaciones oficiales pasaron, vino la conversación salpicada de dichos y agudezas.
Un indio, que por lo menos tendría sesenta años, muy jovial y chistoso, grande amigo de Pichún, el finado padre de Baigorrita, muy querido y respetado de éste, viendo mis manos cubiertas con algo de que él no tenia idea, me preguntó en buen castellano:
—¿Qué es eso, che?