Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Pretendía también San Martín estar muy enamorado de una chiquilla de catorce años, que había sido ya querida de mi compadre, quien se la había vendido. Y decía que saldría de los indios cuando se la acabara de pagar. La chiquilla andaba por allí, era bonita y muy inocentona al parecer. Lo mismo que estaba con San Martín hubiera estado con otro. Era mendocina y vestía exactamente como una india. Su donosura contrastaba en extremo con su desaseo. Reía y jugaba con todos mis ayudantes con infantil desenfado, y su dueño no se curaba de ello.
El derecho de vida o muerte que tenía sobre la pobre le inspiraba sin duda esa confianza. La institución es bárbara, nadie lo pondrá en duda. Pero hay que reconocer que entre los indios nadie se mata por celos. Algo más; hay que reconocer que los casos de infidelidad son rarísimos allí.
Mientras llega San Martín con las noticias que ha ido a traer, se me ocurre preguntar: la virtud de la fidelidad conyugal que no puede ser convencional sino que debe tener por base un sentimiento, el amor, ¿dónde está más segura, entre los ranqueles o entre los cristianos?
Me guardo bien de contestar.