Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles —¿Y sà vienen a espiar?
—¿Y qué van a espiar?
—Pero lo que ustedes hacen.
—Nosotros hacemos toda la vida lo mismo.
Le hice una seña a San MartÃn, salà del toldo y me siguió.
Mi compadre continuó picando su tabaco, le quedaba aún un rollo tucumano.
San MartÃn me habÃa servido con lealtad en otras ocasiones. Le encargué que tomara más informes sobre el desconocido, y se marchó.
Al separarse de mÃ, el padre Marcos vino a decirme que aquel me pedÃa una camisa y unos calzoncillos, yerba, tabaco y papel.
Todo se me habÃa concluido. Pero donde hay soldados no faltan jamás corazones desprendidos y generosos.
Llamé un asistente y le dije que me buscara entre sus compañeros una camisa y un calzoncillo, y todo lo demás que pedÃa el desconocido.
Hizo una junta: a éste le pidió una cosa, a aquel otra, al uno yerba, al otro azúcar, tabaco y papel, y volvió al punto con la contribución.
Le di todo al padre Marcos, y el buen franciscano se fue muy contento, llevándoselo todo a su protegido.
Me senté a descansar en un diván que con coronas y ponchos me improvisaron los soldados.