Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles —Lo veo —le contesté—; pero es que no es poco; al contrario, es mucho.
—¡Poco, poco, poco! —gritaron simultáneamente más voces que antes.
Tomé la palabra, volvà a leer los artÃculos del tratado estipulando la entrega de yeguas, etc., los comparé con lo que se les entregaba a las indiadas de Calfucurá y probé que iban a recibir más que ellos.
—DÃganme que no es cierto —exclamaba yo, viendo que nadie habÃa contradicho mis demostraciones. Y aprovechando la coyuntura, fulminé mis rayos oratorios contra Calfucurá.
—Calfucurá —les dije—, ha roto la paz porque es un indio muy pÃcaro y de muy mala fe que no teme a Dios. Ha sabido que lo que hemos arreglado con Mariano Rosas para estas paces es más de lo que él recibe, y se ha vuelto a hacer enemigo de los cristianos, diciendo que los indios ranqueles son preferidos. Pero todo es para ver si consigue que le den lo mismo que estas indiadas van a recibir por el tratado de paz que ya hemos arreglado con mi hermano.
Y al decir mi hermano, acentuaba la palabra cuanto podÃa y me dirigÃa a Mariano Rosas.
—Ya ven ustedes —gritaba con toda la fuerza de mis pulmones y mÃmica indiana, para que todos me oyeran y creyendo seducirles con mi estilo— cómo los indios ranqueles son preferidos a los de Calfucurá.