Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Yo no podÃa confesar que sÃ; me exponÃa a confirmar la sospecha de que los cristianos sólo trataban de ganar tiempo; recurrà a la oratoria y a la mÃmica, pronuncié un extenso discurso lleno de fuego, sentimental, patético.
Ignoro si estuve inspirado.
Debà estarlo o debieron no entenderme; porque noté corrientes de aprobación.
La elocuencia tiene sus secretos.
Yo me acuerdo siempre, en ciertos casos, cuando veo a la muchedumbre conmovida por la resonancia de una dicción eufónica, rimbombante, sonora, de un predicador catamarqueño.
Predicaba un sermón de Viernes Santo.
Un muchacho oculto en el fondo del púlpito se lo soplaba.
HabÃa llegado a lo más tocante, al instante en que el Redentor va a expirar ya ultimado por los fariseos. La agonÃa del mártir habÃa empezado a arrancar lágrimas de los fieles, amargos sollozos vibraban en las bóvedas del templo.
El predicador conmovido a su vez, iba perdiendo el hilo.
Miró al fondo del púlpito; el muchacho se habÃa dormido.
Era imposible continuar hablando.
Recurrió a la mÃmica.