Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Hicimos alto, mandé mudar caballos, y sediento de reposo, me tendí sobre las blandas pajas, haciendo de mis brazos cruzados cómoda almohada.
¡Qué dulce es la vida, lejos del ruido y de los artificios de la civilización!
¡Ah!, una hora de libertad por los campos es un placer salvaje que yo trocaría mañana mismo por un día entero de esta existencia vertiginosa.
Mientras ensillaban pensé en los sucesos del día, y, francamente, los indios me trajeron a la memoria lo que pasa en los parlamentos de los cristianos.
Mariano Rosas y Baigorrita, como dos jefes de partido, tenían el terreno preparado, la votación segura; pero uno y otro antes de imponer su voluntad habían lisonjeado las preocupaciones populares.
¿No es esto lo que vemos todos los días?
La paz y la guerra, ¿no se resuelven así?
¿El pueblo no tolera todo, hasta que se juegue su destino, con tal que se le deje gritar un poco?
¿No hacen presidentes, gobernadores, diputados, en nombre de ciertas ideas, de ciertas tendencias, de ciertas aspiraciones, y las camarillas, no hacen después lo que quieren y las muchedumbres callan?
¿No pretende que lo gobierne la justicia y no lo gobierne eternamente esa inicua inmoralidad, que los políticos sin conciencia llaman la razón de estado?
¿Pasa otra cosa en el mundo civilizado?