Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Cuando todo estuvo pronto, se le mandó prevenir a Mariano Rosas, pidiéndole permiso para empezar, e invitándolo a presenciar la ceremonia.
Contestó que podÃamos dar comienzo cuando gustáramos, y que no le era posible acompañarnos, porque en ese momento acababan de entrarle visitas.
El rancho que hacÃa de capilla era estrecho para contener la concurrencia. Con cada criatura venÃan los padres, sus parientes, sus amigos, los padrinos y madrinas.
Los chiquillos estaban azorados. Todos ellos, lo mismo los grandes que los chicos, lloraban. El altar, los sacerdotes revestidos, las caras extrañas, el aire de solemnidad de los circunstantes, el empeño inusitado en que estuvieran con juicio o callados, todo, todo les impresionaba. Las madres se volvÃan puros aspavientos. Ésta decÃa: ¡Jesús, qué criatura! Aquella: ¡Ay! ¡qué chiquilla! La una: ¡Que vergüenza! La otra: ¡Cállate, por Dios! Acariciaban, reprendÃan, amonestaban, amenazaban, recurrÃan, en fin, a todos los ardides maternales, para imponer silencio.
¡Imposible!, el destemplado coro seguÃa.
Yo observaba aquella escena sui generis, y al través de la parodia veÃa la tendencia humana hacia las cosas graves y solemnes.