Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Las tropillas se movÃan circularmente, de un lado a otro, y el metálico cencerro mezclaba sus vibraciones con las armonÃas del viento.
Yo vacilaba entre seguir la marcha y campar.
Llamé a Camilo Arias y le pregunté:
—¿Qué te parece, lloverá?
Miró el cielo, siguió el curso de las nubes le tomó el olor al viento, y me contestó:
—Si calma el viento, lloverá; si no, no.
—¿Entonces, seguiremos?
—Me parece mejor; en el monte sufrirán menos los animales, porque si llueve caerá piedra.
—¿Y no se perderán algunos caballos?
—No se han de mover, los tendremos a ronda cerrada en alguna abra.
—¿Y has tomado la senda?
—SÃ, señor.
—¿Estás cierto?
—¡Cómo no!
—¿No te parece prudente que llevemos luces de señal?
—SerÃa bueno, señor.
—Bien, pues; que hagan pronto unos manojos de paja y sebo.
Se retiró, volvió un momento después y me avisó que todo estaba pronto.