Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Yo no tenÃa hambre, en cambio, Lemlenyi, RodrÃguez, Rivadavia, Ozaroski y los franciscanos parecÃan animados de un entusiasmo gastronómico.
Trajeron unas cuantas gallinas cocidas y una hermosa olla de mazamorra muy bien preparada, tortas hechas al rescoldo y zapallo asado.
En un extremo del toldo se oÃa el ruido de la chusma ebria; casi todos los nichos estaban vacÃos; en el que estaba detrás de mà dormÃa una vieja.
TenÃa la cabeza apoyada en un brazo arrugado y flaco como el de un esqueleto y descubrÃa un seno cartilaginoso que daba asco.
La cena empezó.
La mujer de Villarreal, viendo que yo no comÃa, me hizo una seña, se levantó y salió.
Salà tras de ella, y una vez afuera me dijo, con aire confidencial y brillándole los ojos como sólo le brillan a las mujeres cuando un pensamiento picaresco cruza por su imaginación:
—Carmen lo espera.
—¿Y dónde está mi comadre?
—AllÃ.
Me indicaba un toldo vecino.
Llamé a un soldado para que me acompañara; lo confieso, tenÃa miedo de los perros y mientras mis compañeros llenaban el precioso hueco del estómago fui a hacer la visita prometida.