Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles —¿Y qué has confesado en el Consejo?
—Mi Comandante, no lo sé. Yo he creÃdo que el muerto era el alférez. Me han preguntado tantas cosas que me he perdido.
Salà de allÃ…
Hablé con el padre y le rogué le preguntara a Gómez qué querÃa.
Contestó que nada.
Le hice preguntar si no tenÃa nada que encargarme, que con mucho gusto lo harÃa.
Contestó, que cuando viniese el Comisario, le recogiese sus sueldos; que le pagase un peso que le debÃa al sargento primero de su compañÃa y que el resto se lo mandara a su hermana, que vivÃa en la Esquina, villorrio de Corrientes rayano de Entre RÃos.
Pasó la noche tristemente y con lentitud.
El dÃa amaneció hermoso, el batallón sombrÃo.
Nadie hablaba. Todos se aprestaban en sepulcral silencio para las ocho.
Era la hora funesta y fatal.
La orden, que yo presidiera la ejecución.
No lo hice, porque no podÃa hacerlo. Estaba enfermo.
Mi segundo salió con el batallón y mandó el cuadro.
Yo me quedé en mi carreta. La caja batÃa marcha lúgubremente.