Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles El cautivo no le quitaba los ojos a Ramón; éste lo manejaba con la vista.
—¿Cómo te llamas? —le pregunté, creyendo que las palabras ¡Spañol! ¡Spañol! tenían una significación araucana.
—Spañol —me contestó.
—¿Spañol? —repetí yo, mirando a Mora y a Ramón alternativamente.
—Sí, señor, Spañol —me dijo Mora—, así les llaman a algunos cautivos.
—Spañol —afirmó Ramón, que había entendido mi pregunta.
—¿Pero qué nombre tenías en tu tierra? —le pregunté al cautivo.
—No sé, se me ha olvidado; era muy chico cuando me trajeron-repuso.
—¿De dónde eres?
—No sé.
—¡Cómo no has de saber! ¿Te han prohibido que digas tu verdadero nombre y el lugar en donde te cautivaron?
—No, señor.
—Si no ha de saber nada, señor —dijo Mora— por eso le llaman Spañol, hasta que sea más grande y le den nombre de indio.
—¿Y ésa es la costumbre?
—Sí, señor.