Discursos sobre la primera decada de Tito Livio

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Nicolás de Castello, padre de los Vitelli, al volver a su patria, de donde había sido desterrado, hizo derribar inmediatamente dos fortalezas que había construido el papa Sixto IV, pensando que, para conservar sus dominios, valía más el amor del pueblo que las plazas fuertes. Pero el ejemplo más reciente y notable de todos los que prueban la inutilidad de construir fortalezas y el beneficio de arrasarlas es el de Génova, ocurrido en nuestros días. Sabido es que, en 1507, Génova se rebeló contra el rey Luis XII de Francia, quien acudió allí en persona con todo su ejército para recuperarla, y cuando lo consiguió hizo construir un castillo, el más formidable de los conocidos hasta entonces, porque, por su situación y por otras circunstancias, era inexpugnable. Situado sobre una colina que se extiende hasta el mar, y que los genoveses llaman Codefa, batía el puerto y gran parte del Estado de Génova. Ocurrió después, en 1512, que, expulsados los franceses de Italia, Génova, a pesar de su fortaleza, se sublevó, poniéndose al frente de la sublevación Octavio Fregoso, quien hábilmente, y al cabo de diez y seis meses, se apoderó por hambre del castillo. Algunos creían, y muchos le aconsejaban, que lo conservara para refugio propio en cualquier trance; pero él, como político prudentísimo, reconociendo que no son las fortalezas, sino la voluntad de los hombres lo que mantiene a los príncipes en los Estados, lo demolió. Fundando, pues, la dominación, no en el castillo, sino en su valor y prudencia, la ha conservado y conserva todavía; y bastando antes un millar de hombres para cambiar el gobierno de Génova, sus adversarios le han atacado con diez mil, sin poder vencerle.


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