Discursos sobre la primera decada de Tito Livio
Discursos sobre la primera decada de Tito Livio Ya hemos dicho que en una gran ciudad republicana ocurren con frecuencia dolencias que hacen necesario el médico, y que su sabiduría sea proporcionada a la gravedad del mal. En ninguna ciudad hubo tantos y tan inesperados accidentes como en Roma; por ejemplo, el complot de las mujeres romanas para matar a sus maridos, que llegó a vías de realización, porque algunas los envenenaron y otras tenían ya preparado el veneno; la conspiración de las Bacanales descubierta en tiempo de la guerra con Macedonia, en la que estaban comprometidos muchos miles de hombres y mujeres, y que, de no descubrirse, hubiera sido peligrosísima para Roma, como también si los romanos no estuvieran, como estaban, acostumbrados a castigar a los delincuentes, cualquiera que fuese su número, pues aunque no hubiera otras infinitas pruebas de la grandeza de aquella república y de la energía de sus determinaciones, bastaría la del modo como castigaba los delitos. Nunca dudó hacer matar por vía de justicia a una legión o a todos los habitantes de una ciudad o desterrar ocho o diez mil hombres, en condiciones tales, que para uno solo serían difíciles, y para tantos parecían imposibles. Así lo hizo, por ejemplo, cuando desterró a Sicilia a los soldados que tan infortunadamente combatieron en Cannas, imponiéndoles además las penas de no habitar en poblado y de comer de pie. Pero el más terrible de estos castigos consistía en diezmar los ejércitos, matando, por sorteo, un hombre de cada diez. No cabía pena más espantosa para castigar una multitud, porque cuando esta delinque sin haber autor conocido, no es posible imponer pena a todos los que la forman, a causa de su gran número. Castigar a unos y dejar a otros impunes es ser sobradamente severos con aquellos y alentar a estos para que repitan las faltas; pero si matan la décima parte por sorteo, cuando todos merecen la misma pena, el castigado lamenta su mala suerte y el que queda libre teme que en otro sorteo le toque morir, y se guarda de ejecutar actos culpables.