El Príncipe

El Príncipe

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En consecuencia, un príncipe debe reparar poco —con tal de que ello le permita defenderse, no robar a los súbditos, no volverse pobre y despreciable, no mostrarse expoliador— en incurrir en el vicio de tacaño; porque éste es uno de los vicios que hacen posible reinar. Y si alguien dijese: «Gracias a su prodigalidad, César llegó al imperio, y muchos otros, por haber sido y haberse ganado fama de pródigos, escalaron altísimas posiciones», contestaría: «O ya eres príncipe, o estás en camino de serlo; en el primer caso, la liberalidad es perniciosa; en el segundo, necesaria. Y César era uno de los que querían llegar al principado de Roma; pero si después de lograrlo hubiese sobrevivido y no solo hubiera moderado en los gastos, habría llevado el imperio a la ruina». Y si alguien replicase: «Ha habido muchos príncipes, reputados por liberalísimos, que hicieron grandes cosas con las armas» diría yo: «O el príncipe gasta lo suyo y lo de los súbditos, o gasta lo ajeno; en el primer caso debe ser medido, en el otro, no debe cuidarse del despilfarro». Porque el príncipe que va con sus ejércitos y que vive del botín, de los saqueos y de las contribuciones, necesita de esa esplendidez a costa de los enemigos, ya que de otra manera los soldados no lo seguirían. Con aquello que no es del príncipe ni de sus súbditos se puede ser extremadamente generoso, como lo fueron Ciro, César y Alejandro; porque el derrochar lo ajeno, antes concede que quita reputación; sólo el gastar lo de uno perjudica. No hay cosa que se consuma tanto a sí misma como la prodigalidad, pues cuanto más se la practica más se pierde la facultad de practicarla; y se vuelve el príncipe pobre y despreciable, o, si quiere escapar de la pobreza, expoliador y odioso. Y si hay algo que deba evitarse, es el ser despreciado y odioso, y a ambas cosas conduce la prodigalidad. Por lo tanto, es más prudente contentarse con el tilde de tacaño que implica una vergüenza sin odio, que, por ganar fama de pródigo, incurrir en el de expoliador, que implica una vergüenza con odio.


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