El PrÃncipe
El PrÃncipe Pero cuando el prÃncipe está al frente de sus ejércitos y tiene que gobernar a miles de soldados, es absolutamente necesario que no se preocupe si merece fama de cruel, porque sin esta fama jamás podrá tenerse ejército alguno unido y dispuesto a la lucha. Entre las infinitas cosas admirables de AnÃbal se cita la de que, aunque contaba con un ejército grandÃsimo, formado por hombres de todas las razas a los que llevó a combatir en tierras extranjeras, jamás surgió discordia alguna entre ellos ni contra el prÃncipe, asà en la mala como en la buena fortuna. Y esto no podÃa deberse sino a su crueldad inhumana, que, unida a sus muchas otras virtudes, lo hacÃa venerable y terrible en el concepto de los soldados; que, sin aquélla, todas las demás no le habrÃan bastado para ganarse este respeto. Los historiadores poco reflexivos admiran, por una parte, semejante orden, y, por la otra, censuran su razón principal. Que si es verdad o no que las demás virtudes no le habrÃan bastado puede verse en Escipión —hombre de condiciones poco comunes, no sólo dentro de su boca, sino dentro de toda la historia de la humanidad—, cuyos ejércitos se rebelaron en España. Lo cual se produjo por culpa de su excesiva clemencia, que habÃa dado a sus soldados más licencia de la que a la disciplina militar convenÃa. Falta que Fabio Máximo le reprochó en el Senado, llamándolo corruptor de la milicia romana. Los locrios, habiendo sido ultrajados por un enviado de Escipión, no fueron desagraviados por éste ni la insolencia del primero fue castigada naciendo todo de aquel su blando carácter. Y a tal extremo, que alguien que lo quiso justificar ante el Senado dijo que pertenecÃa a la clase de hombres que saben mejor no equivocarse que enmendar las equivocaciones ajenas. Este carácter, con el tiempo habrÃa acabado por empañar su fama y su honor, a haber llegado Escipión al mando absoluto; pero como estaba bajo las órdenes del Senado, no sólo quedó escondida esta mala cualidad suya, sino que se convirtió en su gloria.