La Mandrágora
La Mandrágora ESCENA PRIMERA
FRAY TIMOTEO (solo)
FRAY TIMOTEO. No he podido pegar ojo en toda la noche, tal es mi deseo de saber cómo se las han arreglado Callimaco y los otros. Para pasar el tiempo recé maitines, leà una Vida de los Santos Padres, fui a la iglesia, encendà una lámpara que estaba apagada y cambié el velo a una Virgen milagrosa. ¡La de veces que habré dicho a esos frailes que la mantengan limpia y arreglada! Y luego se maravillan de que haya menos devoción. Recuerdo los tiempos en que habÃa al menos quinientos exvotos; ahora apenas habrá veinte; la culpa es nuestra por no saber mantener su fama de milagrera. Antes, cada noche después de completas solÃamos ir a visitarla en procesión y cada sábado hacÃamos cantar las letanÃas. Nosotros mismos nos preocupábamos de que hubiera siempre imágenes nuevas y en las confesiones aconsejábamos tanto a los hombres como a las mujeres que le tuvieran devoción y le consagraran exvotos. Ahora no se hace nada de eso, ¡y luego nos asombramos de que haya tibieza! ¡Qué poco seso tienen estos frailes mÃos![48] Pero, calla, se oye mucho ruido en casa de micer Nicias. Ahà están; a fe mÃa, sacando el prisionero. Habré llegado justo a tiempo. Cómo se han entretenido, ¡han apurado hasta la última gota![49] ya está clareando el alba. Quiero oÃr lo que dicen sin descubrirme.
ESCENA SEGUNDA
