La tregua
La tregua El duelo es silencioso. No hay grandes escenas ni lamentos desgarradores. Solo una rutina que ha vuelto a ser gris, pero ahora con un peso insoportable. Antes de Avellaneda, su vida era monótona, sÃ, pero no dolÃa. Ahora, cada espacio vacÃo, cada tarde solitaria, es un recordatorio de lo que tuvo y perdió.
En la oficina, los compañeros murmuran, algunos con lástima, otros con incomodidad. Sus hijos intentan acercarse, pero él no sabe cómo hablarles de este dolor. Blanca, con su sensibilidad intuitiva, le pregunta si está bien.
—Estoy vivo —responde MartÃn, con una sonrisa triste.
Pero apenas es verdad.
Encuentra refugio en la rutina, en los trámites burocráticos que antes detestaba y que ahora le sirven como una excusa para no pensar. Pero la ausencia de Avellaneda es un eco constante. Todo lo que toca, todo lo que mira, parece llevar su sombra.
Un dÃa, revisando sus cosas, encuentra un pequeño cuaderno con notas de ella. Frases sueltas, listas de cosas por hacer, garabatos sin importancia. Pero entre las páginas hay algo que lo destruye:
"Ojalá él sepa cuánto lo amo."
MartÃn cierra el cuaderno. Se sienta. Se queda en silencio por horas.
Por primera vez en mucho tiempo, llora.