La tregua
La tregua Al principio, Laura Avellaneda es solo una presencia más en la oficina, una joven callada que hace su trabajo sin llamar la atención. Pero MartÃn, sin darse cuenta, comienza a observarla con más interés. Hay algo en su manera de moverse, en la forma en que baja la mirada cuando habla, que le despierta una curiosidad inesperada.
Un dÃa, casi sin proponérselo, la invita a quedarse después del horario laboral para revisar unos documentos. La conversación es trivial, pero en medio de frases formales, hay un leve temblor en el aire, una tensión apenas perceptible.
—Avellaneda, ¿cómo lleva el trabajo? —pregunta él, fingiendo indiferencia. —Bien, señor Santomé. Me gusta la oficina.
Las palabras son simples, pero en ellas hay algo más. Por primera vez en años, MartÃn siente que está en un terreno desconocido.
Los dÃas pasan y el interés crece. Sin saber en qué momento exacto ocurrió, MartÃn comprende que Avellaneda ya no es solo una empleada más. Es alguien a quien busca con la mirada, cuya presencia le resulta cada vez más necesaria.
