La tregua
La tregua Entonces, ocurre el primer gesto. Una tarde, al despedirse, ella le sonrÃe con una dulzura distinta, como si hubiera algo más detrás de esa expresión. Es un instante fugaz, pero suficiente para que MartÃn empiece a hacerse preguntas que hasta ahora no se habÃa permitido.
"¿Qué demonios estoy haciendo?", se dice a sà mismo. Es un hombre maduro, a punto de jubilarse, y ella es una muchacha que apenas comienza su vida. Pero por más que intente ignorarlo, la posibilidad de algo nuevo, de algo que rompa su monotonÃa, empieza a ser demasiado tentadora.
Y asÃ, sin grandes declaraciones ni promesas, MartÃn Santomé empieza a adentrarse en un territorio del que no sabe si podrá salir ileso.
MartÃn intenta resistirse, pero es inútil. Cada dÃa, la espera de ver a Avellaneda se vuelve más insoportable. Su presencia es un destello de luz en su rutina gris, una promesa silenciosa de que algo puede cambiar.
Una tarde, mientras revisan unos documentos en la oficina vacÃa, el silencio se alarga demasiado. MartÃn se atreve: —Avellaneda… usted es muy joven. —No tanto —responde ella con una sonrisa, sin apartar la vista de los papeles.
Él siente vértigo. ¿Está leyendo demasiado en esas palabras? ¿O acaso ella siente lo mismo?
