Amalia
Amalia Si los capítulos anteriores han podido dar una ligerísima idea de la ferocidad de Rosas, también habrán hecho reflexionar, es probable, sobre el modo como se ocupaba de la defensa de su causa, frente al enemigo que invadía y amenazaba.
Hay resistencia en el espíritu para creer que en todo pensase Rosas, en los primeros días de septiembre de 1840, menos en una formal organización de defensa, en un plan de campaña tan serio siquiera, como la situación que lo rodeaba. Y nada hay más cierto, sin embargo.
Rosas jamás fue militar. Y en aquel conflicto no hizo otra cosa que amontonar hombres y cañones, carretas y caballos, en los estrechos reductos de Santos Lugares; esperándolo todo de la casualidad, del terror de sus enemigos, y del miedo en sus servidores, que parece haber sido la única táctica de ese hijo predilecto de una fortuna, la más siniestra para la humanidad, tanto en las guerras de 1840 a 1842, como en la que sostiene en la época en que estos cuadros se delinean.
