Amalia

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Entretanto, y a medida que los sucesos se precipitan, el lector tendrá que acompañarnos, con la misma prisa que esos sucesos, a todas partes y con toda clase de personas. Y al llegar más pronto que Corvalán de Santos Lugares a la ciudad, y al correr sus calles, ora en largas longitudes, tristes, solitarias, lúgubres; ora teniendo que empujar y codear para abrirnos camino por medio de una oleada de negras viejas, jóvenes, sucias unas y andrajosas, vestidas otras con muy luciente seda, hablando, gritando y abrazándose con los negros, soldados de Rolón o de Ravelo, mientras otras se despedían a gritos, marchando a Santos Lugares; ya teniendo que ampararnos en el umbral de una puerta, para que los caballos a galope, azuzados por el rebenque de la Mazorca, que pasa en tropel haciendo que hace en el gran plan de defensa de su genio, no invada la acera y nos atropelle; o ya, en fin, andando más de prisa para evitar las miradas curiosas que atisban por la rendija de un postigo entreabierto, donde se asoma una pupila inquieta y buscadora, queriendo interrogar hasta las piedras para saber lo que pasa, qué fortuna se cierne en ese instante sobre la cabeza de todos, sobre el lecho del viejo, sobre la cuna del niño; para saber si el corazón ha de latir de miedo o de esperanza todavía; si el sol ha de ponerse el último para ésta o el postrero para la terrible ansiedad que devora el espíritu y el cuerpo. Y corriendo, deslizándonos con el lector sobre esa ciudad cuyo piso tiembla, cuyo aire tiene olor a sangre, donde sobre las nubes no parece haber Dios, donde sobre el suelo no parece haber hombres, falta todo, menos la agonía del alma, las creaciones asustadoras de la imaginación, y la lucha terrible de la esperanza, que se escapa o se postra en el pecho, con la realidad, con la verdad, que subyuga y aniquila y mata esa esperanza misma; corriendo aquí y allí, de repente nos hallaremos con un personaje serio y tieso, que con su inseparable bastón va pasando por la puerta de la Sala de Representantes, con un aplomo de piernas sorprendente, mientras que la vaguedad de sus miradas y su semblante, como bañado en agua de azafrán, nos hará creer por un momento que aquel hombre lleva una cabeza postiza, viendo en el rostro la antítesis de la seguridad que ostenta el cuerpo.


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