Amalia

Amalia

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—Así lo haré.

—Fijemos hora: lo espero de las cuatro a las cinco de la tarde.

—Bien.

—No pierda usted el tiempo, doña Marcelina.

—Iré volando en alas del destino.

—No, vaya usted caminando, nada más; no es bueno en esta época hacerse notable, ni por andar muy de prisa, ni por andar muy despacio.

—Seguiré el vuelo de sus ideas.

—Adiós, pues, doña Marcelina.

—Los dioses sean con vos, señor.

—¡Ah! ¿Cómo se halla Gaete?

—El hado lo ha salvado.

—¿Se levanta?

—Todavía yace en su lecho.

—Tanto mejor para mi amigo don Cándido. Adiós pues, doña Marcelina.

Y mientras ésta salía del escritorio por la puerta que conducía a la sala, Daniel pasaba por otra en el extremo opuesto, que conducía a su aposento, llevando en su mano la carta que había recibido.

Don Cándido se paseaba en la sala, cuando volvió doña Marcelina; y súbitamente le dio la espalda, y se puso a mirar un retrato del padre de Daniel.

Doña Marcelina acercóse hasta él, y le dijo, poniéndole la mano en el hombro al mismo tiempo.


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