Amalia

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VI. El contrabandista de hombres

Apenas se había retirado el doctor Alcorta, cuando se sintieron dos palmadas en el escritorio de Daniel, contiguo al aposento, como se sabe.

—Espera —dijo Daniel a Eduardo, y pasó al escritorio, algo sorprendido de aquella llamada en una pieza donde nadie entraba sin su orden.

—¿Ah, es usted, mi querido maestro? —dijo el joven, encontrándose con don Cándido.

—Yo, Daniel, soy yo. Perdóname; pero es que, viendo que tardabas, entré a sospechar que te habrías salido por alguna puerta secreta, excusada, que me fuese desconocida; y como de algún tiempo a esta parte huyo de la soledad… Porque has de saber, mi estimado Daniel, que la soledad afecta a la imaginación, facultad que, según dicen los filósofos, sirve para el bien y sirve para el mal, razón por la cual yo prefiero la facultad de recordar que según la opinión de Quintiliano…

—¡Eduardo!

—¿Qué hay? —contestó éste, entrando.

—¡Cómo! ¿Belgrano aquí?

—Sí, señor, y a él lo llamo para que me ayude a oír la disertación de usted.

—¿De manera que esta casa es un horno de peligros para mí?

—¿Cómo así, mi respetable maestro? —le preguntó Eduardo, sentándose a su lado.


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