Amalia

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Dos golpes a la puerta de la calle cortaron la palabra en los labios de don Cándido, y mientras los dos secretarios quedaban en el escritorio, Daniel pasó a la sala y abrió él mismo la puerta que daba al patio, para ver quién era, sin poder todavía dominar en su espíritu ni en su semblante la terrible impresión que acababan de hacerle las palabras de don Cándido. Pues que, a través de sus mal expresadas ideas, ambos jóvenes habían penetrado hasta el pensamiento de Rosas, y comprendido con horror el fin que se proponía el tirano, elaborando en secreto la medida con que pensaba arrojar a la última desgracia, al hambre, a todos sus enemigos, si triunfaba.

—¡Ah!, ¿es usted, míster Douglas? —dijo el joven a un individuo que ya estaba en el patio.

—Sí, señor —contestó aquél—. Me acaba de hablar doña Marcelina, y…

—¿Y le ha dicho a usted que yo lo necesito?

—Sí, señor.

—Es cierto. Entre usted, Douglas. ¿Salió usted de Montevideo anteayer?

—Sí, señor. Antenoche.

—Mucho alboroto ¿eh?

—Todo el mundo se está alistando para venirse, y de aquí todos quieren irse —contestó el inglés, haciendo un movimiento con los hombros.

—¿De manera que se gana plata?


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