Amalia
Amalia Toda la cuadra de la casa de Rosas estaba obstruida por los caballos federales. Y como a ningún federal de esa especie podía faltarle cola, y como un recio viento del sudeste enfilaba la calle, sucedía que las cintas de las colas federales y las plumas que coronaban sus frentes, agitadas por el viento y alumbradas por el sol clarísimo de septiembre, parecían de lejos espirales de llamas enrojecidas saliendo de las puertas del infierno.
El gran corralón, los patios, la Oficina, toda la casa, a excepción de las habitaciones del dictador, representaban un verdadero hormiguero.
Todo el mundo federal entraba y salía en aquella casa. ¿A qué? A cualquier cosa. Allí se había de saber, primero que en ninguna otra casa, el triunfo o la derrota de Lavalle.
Había, sin embargo, una clase de vivientes que entraba a casa de Rosas y buscaban la presencia de Manuela con un objeto exprofeso, sincero y real: las negras.
Uno de los fenómenos sociales más dignos de estudiarse en la época del terror es el que ofreció la raza africana conservada apenas en su sangre originaria y modificada notablemente por el idioma, el clima y los hábitos americanos. Raza africana por el color. Plebe de Buenos Aires por todo lo demás.