Amalia
Amalia Su vestido de merino color guinda, perfectamente ceñido al cuerpo, le delineaba un talle redondo y fino, y le dejaba descubiertos unos hombros, que sin ser los hombros poetizados de María Stuart, bien pudieran pasar por hombros tan suaves y redondos, que la sien del más altivo unitario no dejaría de aceptarlos para reclinarse en ellos un momento, en horas de aquel tiempo en que la vida era fatigada por tantas y tan diversas impresiones.
Y fue así que se le presentó a Rosas esa mujer; esa mujer que era su hija y a quien saludó diciéndole:
—Ya estabas durmiendo, ¿no? Todavía te he de casar con Biguá para que duerman hasta que se mueran. ¿Estuvo María Josefa?
—Sí, tatita, estuvo hasta las diez y media.
—¿Y quién más?
—Doña Pascuala y Pascualita.
—¿Con quién se fueron?
—Mansilla las acompañó.
—¿Nadie más ha venido?
—Picolet.
—¡Ah! El carcamán te hace la corte.
—A usted, tatita.
—¿Y el gringo no ha venido?
—No, señor. Esta noche tiene una pequeña reunión en su casa para oír tocar el piano no sé a quien.
—¿Y quiénes han ido?