Amalia
Amalia Todavía Eduardo tenía vuelta su gallarda cabeza hacia la dirección de la descarga y las manos llevadas instintivamente a los bolsillos donde tenía sus pistolas, cuando la voz de Amalia interrumpió el silencio de aquel lúgubre recinto, exclamando:
—¡Sube, sube, por Dios! —oprimiendo el brazo de su amado y queriendo arrastrarlo con sus débiles manos.
Eduardo, comprendiéndolo todo y el peligro de que permaneciese Amalia un minuto más en aquel lugar, la tomó por la cintura con su robusto brazo, diciéndole:
—Sí, pronto, no hay que perder un momento —mientras que Luisa, prendida del vestido de su señora, quería darle apoyo también para subir ligero.
Apenas habrían caminado dos minutos, cuando una segunda descarga los paró maquinalmente a todos, haciéndoles volver la vista a la dirección que traía el sonido, y entonces percibieron claro, aunque a larga distancia, una súbita claridad en el río, y el sonido de otra descarga.
—¡Dios mío! —exclamó Amalia.
—No, esa última es de la ballenera, que les contesta —repuso Eduardo, dejando ver sus dientes de alabastro en una sonrisa, mezcla de contentamiento y de rabia.
—Pero ¿los habrán herido, Eduardo?
