Amalia
Amalia Apenas allá en el fondo, se distinguía la débil claridad de una luz, colocada tras una pila de cajones de vino, y en derredor de la cual iban juntándose los que llegaban. Y a pesar de la distancia que mediaba entre la calle y el fondo del almacén en que se hallaban, la conversación, aunque animada, se sostenía, sin embargo, en voz baja. Pero esta precaución se explicaba por la circunstancia de que la casa de altos, a que pertenecía el almacén, y con la cual se comunicaba por una puerta al patio, estaba habitada en esa época por una familia federal. Pero lo que sí sorprendía, era ver que habían quitado de la parte interior de la puerta los efectos que había amontonados contra ésta y desclavado una gruesa tabla que cruzaba las hojas; y, por último, llamaba la atención, más que todo cuanto se ha descrito, una hilera de fusiles, puesta cerca de la puerta del patio, entre unos barriles de vino y la pared.
Todo este aparato, en aquel lugar, bajo tal misterio, a semejantes horas y en aquellos tiempos, era más que suficiente para que la muerte se dejara de andar revolviendo los cabellos de cuantas cabezas allí había.
—Las diez —dijo uno, acercando su reloj a la vela de sebo que ardía sobre un candelero de metal, puesto en el suelo.
—Mejor —repuso otro, levantándose y dando algunos pasos.