Amalia
Amalia La sociedad estaba atónita; y en su pánico, buscaba en las más pueriles exterioridades un refugio, una salvación cualquiera.
En menos de ocho días, la ciudad entera de Buenos Aires quedó pintada de colorado. Hombres, mujeres, niños, todo el mundo estaba con el pincel en la mano pintando las puertas, las ventanas, las rejas, los frisos exteriores, de día, y muchas veces hasta en alta noche. Y mientras parte de una familia se ocupaba de aquello, la otra envolvía, ocultaba, borraba o rompía cuanto en el interior de la casa tenía una lista azul o verde. Era un trabajo del alma y del cuerpo, sostenido de sol a sol, y que no daba a nadie, sin embargo, la seguridad salvadora que buscaba.
La mayor parte de las casas había quedado sin sirvientes.
La ciudad se había convertido en una especie de cementerio de vivos. Y por encima de las azoteas, o con salidas de carrera, los vecinos se comunicaban las noticias que sabían de la Mazorca.
Este famoso club de asesinos corría las calles día y noche, aterrando, asesinando y robando, a la vez que en Santos Lugares, en la cárcel y en los cuarteles de Mariño y de Cuitiño, se le hacía coro con la agonía de las víctimas.