Amalia
Amalia En la vecindad el pánico cundía; ¡y sólo Dios sabe las oraciones que se elevaban hasta su trono por madres abrazadas de sus pequeños hijos, por vírgenes de rodillas pidiéndole amparo para su pudor, misericordia para sus padres, misericordia para las víctimas!
El terror ya no tenía límites. El espíritu estaba postrado, enfermo, muerto. La Naturaleza se había divorciado de la Naturaleza. La humanidad, la sociedad, la familia, todo se había desoldado y roto.
No había asilo para nadie.
Las puertas se cerraban al prójimo, al pariente, al amigo. Y la víctima corría las calles; golpeaba las casas, los conventos, las legaciones extranjeras y, una mano convulsiva y pálida se le ponía en el pecho, y una voz trémula le decía:
—No, no; por Dios; vendrán aquí y moriremos todos. No. ¡Atrás!, ¡atrás! —y el infeliz salía, corría, imploraba, y ni la tierra le abría sus entrañas para guardarlo.