Amalia
Amalia Pero el tiempo de las apreciaciones históricas que debieran guiar los procedimientos de la Francia en su política de estas regiones del Nuevo Mundo, no era aquél, por cierto. Y si las instrucciones del gabinete francés venían calcadas sobre aquélla que entendía por su conveniencia en el Plata, todas las demostraciones y los llamamientos al honor y al deber eran fuerzas impotentes para estorbarlo. Aquel tiempo era de hechos únicamente, y los hechos empezaban a encaminarse favorablemente a Rosas de parte de la Francia.
El almirante debía partir para Buenos Aires en los primeros días de octubre. Y allí se iba a jugar la última esperanza de la época contra un nuevo triunfo para Rosas.
Pero aun cuando la última expresión de esa negociación fuese desfavorable al tirano, ella era impotente a su vez para estancar la sangre en las venas abiertas de ese pueblo infeliz.
Los negocios franceses ya eran sólo esperanzas de los emigrados. Para el pueblo de Buenos Aires no había esperanza sino en Dios.
Las cárceles se llenaban de ciudadanos.
Las calles se teñían de sangre.
El hogar doméstico era invadido.