Amalia

Amalia

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—El vestido ahora —dijo Amalia, pasando ligera como una fantasma, a pararse enfrente de un espejo de siete pies de altura, colocado en el suelo; y el vestido pasó luego por su cabeza como una blanca nube abrillantada por el sol. Y era una verdadera diosa entre una nube cuando los encajes cayeron sobre sus brazos y su seno, y el transparente traje se dilató sobre el viso de joyante seda.

Una vez prendido a su cintura, Amalia ya no era Amalia, era una joven enamorada de las puerilidades del lujo y del buen gusto. Se miraba, se oprimía la cintura con sus manos, daba vueltas su preciosa cabeza para mirar su espalda en el grande espejo, o se colocaba entre los dos de sus roperos.

Luisa, entretanto, tocaba el vestido, lo englobaba, y sus ojos estaban en un movimiento continuo, de la cintura al pie de su señora, de la cintura a los hombros, de los hombros al rostro.

—¡Magnífico, señora, magnífico! —exclamó al fin la niña, separándose algunos pasos como para verla de más lejos.

Pero, de repente, Amalia movió su cabeza, hizo un gesto con sus labios, y dijo:

—No; no me gusta.

—Pero, señora…

—No; no me gusta, Luisa. Éste es más bien vestido de baile. Además, está corto de talle.


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