Amalia

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XIV. Asilo inglés

Tenemos que retroceder con el lector para recoger a ciertos personajes de esta historia, pocos días después de aquella noche de esperanzas y desengaños para los diez jóvenes reunidos en el almacén de la calle de la Universidad.

En efecto, pocos días después de aquella noche, un coche tirado por dos briosos caballos enfilaba la calle de la Reconquista, con dirección a Barracas, y a poco rato paraba en la quinta del señor ministro de Su Majestad Británica, caballero Mandeville.

El carruaje no había dejado de llamar en su tránsito la atención de los que lo veían o sentían, porque, en esos días de republicanismo federal, los coches se habían guardado, y la mayor parte de los caballos ofrecida al Restaurador, o arriada federalmente. Y al parar el carruaje en la casa del ministro inglés, no faltaron curiosos y curiosas que abrieran los ojos para ver aquella novedad.

El cochero abrió la portezuela, y dos hombres bajaron.

Uno de ellos, sin embargo, quedó parado en el estribo vuelto el cuerpo hacia adentro y empezó a cambiar este ligero diálogo con otro individuo que no se había movido del asiento delantero en que venía:

—¿Recuerda usted bien todo, mi querido maestro? —preguntó el que se había quedado medio afuera y medio adentro.


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