Amalia
Amalia —Exactamente —contestó Mandeville, con un contentamiento sincero al oír que su mismo interlocutor lo salvaba del embarazo en que lo puso la brusca interrogación de Eduardo—; exactamente, y me he visto en la necesidad, en la dura necesidad, de negar el asilo de mi casa a varios que lo han solicitado, porque ni puedo responderles de su seguridad, ni me es permitido obrar de modo que pueda traer más conflictos a este país, por cuyos habitantes tengo la más profunda simpatía, y con el cual mi gobierno se esmera en mantener las más estrechas relaciones de amistad.
—Me parece, Daniel, que he sentido parar el coche a la puerta, y que ya es tiempo de dejar al señor Mandeville, que querrá salir a sus visitas de costumbre —dijo Eduardo, que tenía punzóes hasta las orejas.
—No hay nada comparable, señor Belgrano, al placer que tengo en estar con ustedes.
—Sin embargo, mi amigo tiene razón, y es preciso que hagamos el sacrificio de separarnos del señor Mandeville y de su exquisito jerez —dijo Daniel, llenando dos copas, presentando una al señor Mandeville y saludándolo al tomar su vino, con una sonrisa la más cortesana de este mundo.
Un minuto después se despedían en la antesala, quedando el señor Mandeville sin saber a qué habían venido aquellos jóvenes, qué eran positivamente, ni qué pensarían de él al retirarse.