Amalia
Amalia A las ocho de la mañana de uno de los últimos días de septiembre, el maestro de primeras letras de Daniel sorbía a grandes tragos espumoso e hirviente chocolate en una enorme taza de porcelana, mientras que su discípulo arreglaba, doblaba y sellaba papeles, teniendo ambos en sus rostros las señales de haberse pasado en vela toda la noche.
—Daniel, hijo, ¿no sería bueno que nos recostásemos un rato, un momento, algún tiempo?
—Ahora no, señor: más tarde. Todavía necesito de usted un momento.
—Pero que sea el último, Daniel; porque decididamente hoy me voy a los Estados Unidos. Sabes que hace cinco días que le he dado mi palabra a ese honrado y benemérito cónsul, de pasar a residir en su territorio.
—Es porque no sabe usted lo que hay —dijo Daniel, sellando un paquete.
—¿Lo que hay?
—O lo que puede haber en el territorio.
