Amalia
Amalia —Sí, no pierda tiempo; estas cosas son muy delicadas.
—Por supuesto.
—Así es que, nada sin orden.
—Dios nos libre, señor don Daniel.
—Y en cuanto haya la orden, haremos por esperar a que se junten más.
—Eso es.
—Entonces, quedamos entendidos, comandante.
—Bueno, don Daniel. Y yo me voy, no sea que vayan a atajar algún coche.
—Sí, véalos a todos.
—Conque, Cándido, si en algo puedo servirte, ya sabes que soy tu primo.
—Gracias, mi querido y estimado primo —contestó don Cándido, más muerto que vivo, levantándose y tomando la mano que le estiraba Cuitiño.
—¿Dónde vives?
—Hombre, yo vivo… yo vivo aquí.
—Bueno, te he de venir a ver.
—Gracias, gracias.
—Adiós, pues.
Y Cuitiño salió con Daniel, quien, al despedirlo en la sala metió la mano al bolsillo, y le dijo: