Amalia
Amalia Amalia no se había equivocado, porque eran, en efecto, las personas que ella había esperado por tantas horas y con tanta angustia.
Desde su tocador sintió abrir la puerta de la sala, y al momento conoció los pasos de Daniel, que venía por el gabinete y su dormitorio.
—¡Ah, señora —dijo el joven parándose en la puerta del tocador, y mirando a Amalia—, yo esperaba tener el placer de encontrarme aquí con una linda mujer, y me sorprende la felicidad de hallarme con una diosa!
—¿De veras? —fue la respuesta de Amalia, con una sonrisa encantadora, acabando de calzarse un guante de cabritilla blanco, que parecía dibujado en su preciosa mano.
—Sí, muy cierto —repuso Daniel acercándose poco a poco a su prima y contemplándola con ojos verdaderamente admirados—, y tan cierto, que creo ser ésta la primera vez que he mirado a una mujer, como miro a cierta otra, a quien…
—A quien yo escribiré tal novedad esta misma noche.
—Bien, y yo… yo… yo hago esto —y a medida que hablaba, fuese acercando hasta que, tomando de súbito a su prima, le imprimió un beso en la frente, y saltando como un niño a cuatro pasos de ella, le dijo—: Ahora hablemos con seriedad.
