Amalia
Amalia —Desgracias, el silencio y la orfandad de mi vida, todo lo olvido, Eduardo. Hoy comienza mi vida por ti, en ti, para ti. Y si algo temía, si algo me retraía, era el miedo, esa visión terrible que me persigue siempre, haciéndome ver que en mi destino hay el veneno del infortunio, que mata, o hace la desgracia de cuantos me aman; y si he cerrado mis ojos a mi estrella, es porque sólo con mi mano puedo comprar tu alejamiento de aquí. Sin ello, yo habría sacrificado esta felicidad que ahora me abruma, estos siglos de ventura que vivo en este momento, por no tener el temor siquiera de originarte un minuto de mal… ¡Mira si te amo!
—¡Oh, es mucha, es mucha felicidad para un solo corazón!…
¡Y la luz de la lámpara se amortiguaba: las hojas de la rosa blanca se desprendían y caían entre los rizos de la joven, y el chal de encajes, envuelto al acaso entre los brazos de ella y él, cubrió la frente de los dos… y era el velo de la novia… y era el cendal del amor y del misterio!…