Amalia
Amalia —Ángel de mi alma: es tu imaginación y nada más. Oprimido de disgustos, tu espíritu se ha llenado de sombras, que se disiparán pronto al rayo de mi amor, a la adoración a que se consagrará mi vida, velando por tu felicidad y por tu calma. Es el aire, la luz de Buenos Aires, lo que enferma el espíritu y el cuerpo. Pero pronto estarás a mi lado, lejos de aquí.
—Sí, pronto, muy pronto, Eduardo. Yo no puedo vivir aquí, y en ninguna parte podré vivir sin ti.
—Viajaremos juntos.
—¿Y por qué no desde esta noche?
—Es imposible.
—Dejaré todo. Luisa y Pedro me seguirán después.
—Es imposible.
—Llévame, llévame, Eduardo, ¿no soy tu esposa? ¿No debo seguirte a todas partes?
—Sí, pero no debo exponerte, luz de mis ojos.
—¿Exponerme?
—Cualquier incidente…
—¿Luego tú te expones? ¿Por qué me engañan? ¿No me han dicho que hay la mayor seguridad posible?
—Es cierto, no hay peligro; pero quizás tengamos que permanecer en el río, dos, tres o cuatro días.
—¿Y qué me importa si los paso contigo?