Amalia
Amalia —¡Buenas noches, Doña Manuelita! —dijo Cuitiño a la hija de Rosas, encontrándola que entraba con Corvalán en el gabinete de su padre.
—¡Buenas noches! —dijo la joven refugiándose al lado de Corvalán, cual si temiese el contacto de aquel demonio de sangre que pasaba junto a ella.
—Corvalán —dijo Rosas viéndole entrar con Manuela—, vaya usted a llamar a Victorica.
—Acaba de entrar, y está en la oficina. En este momento me preguntaba si podría hablar con Vuecelencia.
—Que entre.
—Voy a llamarlo.
—Oiga usted.
—¿Señor?
—Monte usted a caballo, vaya a lo del ministro inglés, hable con él, y dígale que lo necesito ahora mismo.
—¿Si está durmiendo?
—Que se despierte.
Corvalán saludó; y fue a cumplir sus comisiones, levantándose la faja de seda punzó que en aquel momento se le había resbalado a la barriga, al peso del espadín que ya tocaba en tierra.
